El día que Chile empezó a gobernarse solo (y por qué todavía lo celebra)
El 18 de septiembre no conmemora la independencia de Chile, sino el día de 1810 en que un cabildo santiaguino decidió autogobernarse en medio del colapso de la monarquía española. La historia de cómo esa fecha, y no la independencia formal de 1818, se convirtió en el corazón de las Fiestas Patrias.
Todos los 18 de septiembre, millones de personas en Chile se ponen una bandera al hombro, preparan un asado y bailan cueca en las tradicionales ramadas. Pocas se detienen a preguntarse por qué. Simplemente, muchos jóvenes piensan que ese día se celebra la independencia de Chile, pero no es así. Se celebra otra cosa, más curiosa y, si se la mira bien, más interesante: el día en que un grupo de criollos, reunidos en un cabildo abierto en Santiago, decidió que Chile podía gobernarse a sí mismo mientras esperaba que su rey volviera del cautiverio.
La historia empieza, como tantas historias americanas de esa época, muy lejos de Chile.
Un imperio sin cabeza
En 1808, Napoleón Bonaparte invadió España. Obligó a abdicar al rey Carlos IV, forzó también la renuncia de su hijo Fernando VII (que apenas llevaba unos meses en el trono) y los encerró a ambos en Francia. En su lugar puso a su propio hermano, José Bonaparte, como rey impuesto de España. Para el mundo hispano, aquello no era un simple cambio de gobierno: era una usurpación. España, de la noche a la mañana, se quedó sin un rey legítimo sentado en su trono, y sus colonias americanas, Chile entre ellas, se encontraron gobernadas, en teoría, por un monarca que nadie reconocía.
La reacción, tanto en la península como en América, fue formar juntas de gobierno que se declararon leales al rey cautivo, Fernando VII, y que rechazaban a José Bonaparte. Era una ficción cuidadosamente sostenida: nadie decía que el rey había dejado de ser rey, sino que, al no poder gobernar, el poder debía quedar resguardado por sus súbditos hasta que regresara. Buenos Aires formó su junta en mayo de 1810. Caracas, en abril. La idea se propagaba por el continente como una pregunta que cada ciudad importante del imperio tenía que responder tarde o temprano: si el rey no está, ¿quién manda?
En Santiago, esa pregunta llegó en un momento particularmente inestable. El gobernador de turno, Francisco Antonio García Carrasco, había quedado envuelto en un escándalo de contrabando (el llamado caso de la fragata Scorpion) que le costó el respaldo de buena parte de la elite local y lo obligó a renunciar a mediados de 1810. Lo reemplazó Mateo de Toro y Zambrano, un aristócrata criollo de edad avanzada, sin el peso político para contener lo que ya se venía gestando entre los sectores más activos de la sociedad santiaguina: figuras como Juan Martínez de Rozas empujaban, con el ejemplo de Buenos Aires fresco, la idea de que Chile también necesitaba su propia junta.
Un cabildo, una renuncia y una junta
El 18 de septiembre de 1810, Santiago convocó un cabildo abierto: una asamblea de vecinos notables, unas 450 personas, reunidas para decidir el destino político de la Capitanía General de Chile. No hubo un grito de independencia ni una declaración de ruptura con España. Lo que ocurrió fue, en apariencia, mucho más modesto: Toro y Zambrano entregó su bastón de mando y la asamblea votó formar una Junta de Gobierno que asumiera el poder "a nombre del rey" mientras durara su cautiverio.
La Primera Junta Nacional de Gobierno quedó presidida por el propio Toro y Zambrano e integrada por representantes del clero, la milicia y la elite local, entre ellos Ignacio de la Carrera, Fernando Márquez de la Plata y Juan Martínez de Rozas, con Gaspar Marín y otros oficiando de secretarios. Todos juraron fidelidad a Fernando VII. No se independizó nada ese día. Chile pasó a autogobernarse dentro del propio marco legal español, apelando a un vacío de poder en Madrid, no a una ruptura con la Corona.
Es la clave que el relato escolar suele saltarse: en 1810 nadie en el cabildo de Santiago estaba declarando la independencia de Chile. Estaban resolviendo, con las herramientas legales de su época, un problema de legitimidad que venía de Europa. La independencia, cuando llegó, fue un proceso posterior, más largo, más violento y bastante menos ordenado que ese cabildo de septiembre.
Por qué esa fecha y no la de la independencia real
Ahí está la pregunta que de verdad importa para entender la fiesta de hoy: si la independencia formal de Chile se proclamó recién el 12 de febrero de 1818, firmada por Bernardo O'Higgins en Talca tras años de guerra, y esa proclamación todavía debió confirmarse en el campo de batalla semanas más tarde, en Maipú, ¿por qué el país no celebra esa fecha como su día patrio?
La respuesta tiene que ver con qué fecha llegó primero al corazón simbólico de la naciente república. La Junta de 1810 empezó a conmemorar su propio aniversario ya en 1811, en plena guerra de la Patria Vieja, cuando la independencia todavía ni se discutía abiertamente. Para cuando Chile finalmente se independizó en 1818, el 18 de septiembre ya llevaba varios años instalado como la fecha fundacional del proceso político chileno: el día en que, por primera vez, un gobierno con asiento en Santiago dejó de depender de un virrey o de una autoridad peninsular para tomar sus propias decisiones. La declaración de 1818 confirmó jurídicamente algo que, en la memoria colectiva, ya se sentía como haber empezado ocho años antes.
Es un patrón que se repite en buena parte de América hispana: Argentina celebra la Revolución de Mayo de 1810, no su declaración formal de independencia de 1816; México conmemora el Grito de Dolores de septiembre de 1810, no la consumación de su independencia años después. En todos estos casos, la fecha que ganó el lugar central en la memoria nacional no fue la del acto legal más definitivo, sino la del momento en que la comunidad sintió, por primera vez, que podía decidir su propio destino, aunque todavía lo hiciera en nombre de un rey ausente. Chile no fue la excepción: adoptó como su día patrio el instante de la pregunta, no el de la respuesta final.
De la ceremonia cívica a la ramada
Durante buena parte del siglo XIX, el 18 de septiembre fue sobre todo una fecha solemne: Te Deum en la catedral, desfiles, actos oficiales que reforzaban la idea de una nación que había nacido de una decisión política, no de una revuelta popular. Pero alrededor de esa ceremonia oficial, desde muy temprano, crecía otra cosa: las chinganas coloniales (lugares populares de baile, comida y bebida que ya existían antes de 1810) encontraron en la nueva fecha patria una excusa perfecta para desplegarse en grande. Con el paso de las décadas, esas reuniones populares se fueron formalizando en lo que hoy se conoce como ramadas y fondas, y la fiesta patria terminó siendo, en la práctica, dos celebraciones superpuestas: la cívico-militar de los discursos y los desfiles, y la popular del asado, el vino, la música y el baile.
La cueca, hoy símbolo indiscutido de estas fechas, no siempre lo fue con el mismo peso oficial: recién en 1979 un decreto la consagró como danza nacional de Chile, aunque llevaba generaciones bailándose en el campo y en las mismas chinganas y ramadas que acompañaban al 18 desde el siglo XIX. Así, lo que hoy se vive como una semana completa de celebración, con su jornada dedicada a las Fuerzas Armadas el 19 de septiembre y la tradicional Parada Militar, es la capa más reciente de un proceso que empezó como una decisión política de emergencia en 1810 y que, generación tras generación, los propios chilenos fueron llenando de sentido popular.
Por eso, cuando alguien pregunta qué se celebra el 18 de septiembre, la respuesta completa no cabe en una frase. No es el día en que Chile se independizó. Es el día en que, en medio de una crisis que venía de Europa y que nadie en Santiago había elegido, un grupo de vecinos decidió que el futuro del país se resolvería ahí, entre ellos, y esa decisión, más que ninguna otra fecha posterior, terminó siendo la que Chile eligió recordar como su propio comienzo.


