Crean una bacteria que fabrica quimioterapia dentro del tumor: el hallazgo, solo probado en ratones
Equipos de Columbia y la Universidad de Chicago modificaron genéticamente bacterias probióticas para que ataquen tumores desde adentro. En ratones, la remisión completa llegó al 43%. Es un hallazgo preclínico: falta años de desarrollo antes de cualquier tratamiento para personas.
Un equipo de la Universidad de Columbia, en Nueva York, modificó genéticamente una bacteria probiótica para que viva dentro de un tumor y fabrique ahí mismo, con sus propios genes, el fármaco que ataca al cáncer. En ratones con cáncer colorrectal, la estrategia logró la remisión completa del tumor en 3 de cada 7 animales tratados (43%). Un estudio complementario e independiente de la Universidad de Chicago, con otra bacteria y otro tipo de cáncer, refuerza la misma idea de fondo. Es, conviene decirlo antes de seguir, un hallazgo de laboratorio en modelos animales: no hay ningún tratamiento probado ni disponible para personas, y los propios investigadores no han evaluado todavía su seguridad en humanos.
La bacteria elegida es Escherichia coli Nissle 1917, una cepa probiótica que desde hace más de un siglo se usa en algunos suplementos digestivos por su buena tolerancia en el cuerpo humano. Lo que hizo el equipo liderado por Zaofeng Yang fue reprogramarla con varios cambios simultáneos. Primero le quitaron un gen, llamado preTA, que normalmente le permite a la bacteria neutralizar la quimioterapia; sin ese gen, ya no puede desactivar el fármaco que ella misma va a producir. Después le insertaron instrucciones para fabricar una enzima que convierte una sustancia inactiva —administrada aparte, por vía oral o inyectada— en 5-fluorouracilo, un citostático de uso habitual en oncología. El resultado es que la conversión del fármaco ocurre dentro del tumor, no en el resto del cuerpo, lo que en teoría reduce la toxicidad que sufre el paciente con la quimioterapia convencional, que circula por todo el organismo y daña también tejido sano.
Eso resuelve solo una parte del problema. Un tumor no es únicamente una masa de células que hay que envenenar: también despliega mecanismos para esconderse del sistema inmune. Por eso la misma bacteria fue diseñada además para producir dos moléculas adicionales: una que activa células inmunes capaces de atacar el cáncer, y otra que bloquea una de las señales que el tumor usa para pasar inadvertido ante esas mismas defensas. Un circuito genético programado hace que las bacterias se multipliquen hasta cierta densidad dentro del tumor y luego se rompan liberando todo su contenido de una vez, como una descarga sincronizada. En el modelo de cáncer colorrectal, el resultado fue la remisión completa ya mencionada; en un modelo de melanoma, los ratones tratados sobrevivieron más tiempo que los del grupo control. En ambos casos, además, los animales que superaron el tumor mostraron memoria inmune: cuando los investigadores volvieron a exponerlos a células cancerosas 90 días después, sus defensas las reconocieron y atacaron sin necesidad de un nuevo tratamiento.
Un segundo estudio, independiente y con otra institución detrás, refuerza la misma idea de fondo con una bacteria distinta y otro tipo de cáncer. En la Universidad de Chicago, un equipo liderado por Ralph Weichselbaum y Mark Mimee trabajó con Bifidobacterium longum, una bacteria que prospera en ambientes con poco oxígeno, como el interior de un tumor sólido, y no sobrevive en tejido sano, que está bien oxigenado. Modificada para liberar una versión de la molécula interleucina-2, que estimula a las células T del sistema inmune, la bacteria fue puesta a prueba en ratones con cáncer de páncreas, uno de los tumores más agresivos y con menos opciones de tratamiento eficaz. Sola, la terapia frenó el crecimiento del tumor. Combinada con quimioterapia, radioterapia o inmunoterapia convencional, el efecto fue considerablemente mayor.
Weichselbaum fue explícito sobre el estado del desarrollo: "aunque los resultados son prometedores, BifidoSumIL-2 todavía no ha sido probada en personas". Según su equipo, antes de siquiera plantear un ensayo en humanos falta evaluar la seguridad a largo plazo, cuánto dura la respuesta inmune que provoca, si genera efectos no deseados fuera del tumor, y si es viable administrarla por vía oral.
Ambos trabajos fueron publicados en revistas científicas con revisión por pares —Science Translational Medicine y Science Advances, respectivamente—, lo que los distingue de un simple anuncio de laboratorio o un estudio sin revisar. Pero revisión por pares no es sinónimo de tratamiento probado: certifica que el método y los datos fueron escrutados por otros científicos antes de publicarse, no que el resultado se replique en personas. La distancia entre "funciona en un ratón" y "funciona en un paciente" es, históricamente, uno de los mayores cuellos de botella de la medicina. Según estimaciones de la industria farmacéutica, la fase preclínica de un fármaco —los años de pruebas en modelos animales antes de tocar siquiera a un primer voluntario humano— suele tomar entre cinco y siete años, y el camino completo desde el descubrimiento en laboratorio hasta un tratamiento aprobado para uso masivo ronda los doce años, con algunos cálculos que lo extienden hasta quince. De los compuestos que llegan a probarse en personas, solo entre un 5% y un 7% termina recibiendo aprobación de una agencia regulatoria como la estadounidense FDA. Son cifras generales de cómo se mueve la industria, no una promesa ni un plazo específico para esta bacteria en particular: cuánto tarde, si es que llega a tardar algo, dependerá de resultados que todavía no existen.
¿Hay alguna chance de que esto llegue a Chile? Ninguno de los dos estudios menciona planes de expansión a otros países ni, menos aún, ensayos clínicos en curso en ningún lugar del mundo —el paso que normalmente sigue a este tipo de publicación, y que tampoco está confirmado para Estados Unidos. Cualquier proyección sobre Chile es en este punto pura especulación: si en algún momento estas terapias avanzan a ensayos en humanos y muestran resultados sostenidos, el acceso de un país como Chile dependería de que se sumara a esos ensayos clínicos internacionales —algo que ya ocurre hoy con otras terapias oncológicas en fase de investigación— o, más adelante, de que la terapia fuera aprobada por reguladores como la FDA o la agencia europea y luego evaluada por el Instituto de Salud Pública chileno para su eventual uso local, un trámite que en general toma años adicionales incluso después de la aprobación en el país de origen. Nada de esto está en marcha; es, en el mejor de los casos, un horizonte lejano y condicional.


