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Miércoles, 23 de septiembre de 2026
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El sonido de septiembre: de la medialuna a la rayuela, los juegos que Chile hizo suyos

Rodeo, palín, volantín, trompo, emboque y rayuela: un recorrido por el origen de los juegos y deportes tradicionales que, con historias muy distintas entre sí, terminaron encontrándose cada septiembre en las fondas chilenas.

Foto: Marco Antonio Correa Flores / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

Hay un momento, cada septiembre, en que el cielo de Chile se llena de rombos de papel volando entre cerros y cables de luz, y en que el golpe seco de una piedra contra una cancha de arcilla se mezcla con el olor a asado y el sonido de una cueca. Ese momento no apareció de la nada: cada uno de esos gestos —el volantín en el aire, el trompo que baila en el suelo, la piedra que busca el cajón de la rayuela, el jinete que arrima a un novillo contra la medialuna— tiene una historia propia, a veces de siglos, que fue moldeando lo que hoy entendemos como una fonda chilena. Ninguno nació pensando en el 18 de septiembre. Todos terminaron ahí de todos modos, y el camino que siguió cada uno dice bastante de cómo se fue construyendo Chile.

El rodeo es, de todos, el que mejor guarda la memoria del trabajo hecho fiesta. Sus orígenes se remontan al siglo XVI, durante la gobernación de García Hurtado de Mendoza, cuando arrear y marcar el ganado obligaba a reunir a los animales dispersos en jornadas colectivas que se realizaban a fines de julio, en lo que hoy es la Plaza de Armas de Santiago. No había nada deportivo en eso todavía: era trabajo puro, necesario para sobrevivir en el campo colonial. La transformación llegó de a poco. Hacia fines del siglo XVII las faenas empezaron a organizarse en canchas rectangulares de 75 metros, y recién en 1860 apareció la medialuna, la cancha semicircular que todavía hoy es la imagen más reconocible del rodeo chileno y que permitió un control mucho más preciso del ganado. El salto a espectáculo popular tomó otro siglo: el primer Campeonato Nacional se disputó en Rancagua en 1949, y el 10 de enero de 1962 un decreto oficial consagró al rodeo como deporte nacional de Chile. De ahí en más, su fin de semana quedó indisolublemente ligado a la música, la comida típica y —cada septiembre en particular— a una intensidad especial que lo convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de la chilenidad. Hacia 2007 era, según registros del sector, el segundo deporte con más público en vivo del país, apenas detrás del fútbol.

Antes de que existiera Chile como república, sin embargo, el pueblo mapuche ya jugaba algo parecido al rodeo en otro terreno, y con reglas propias mucho más antiguas: el palín, un juego de bastos curvos (los wiño) y una pelota de madera o cuero, disputado por equipos de entre cinco y quince jugadores en una cancha de hasta 200 metros, donde ganaba el primero en anotar cuatro tantos o tripales. Durante mucho tiempo se asumió, incluso entre historiadores como Diego Barros Arana, que el juego había llegado a través de los conquistadores españoles, como una variante de la chueca castellana. Esa versión terminó de caer en 1966, cuando se publicó el manuscrito de Jerónimo de Vivar de 1558 —anterior a cualquier relato español sobre su propia chueca, que solo aparece documentado en 1593—, en el que ya se describía a los mapuche como jugadores entusiastas de este juego con siglos de práctica propia. El palín no era solo entretención: funcionaba como simulacro de guerra, mecanismo de resolución de conflictos entre comunidades y ceremonia. Eso, junto a la participación conjunta de hombres y mujeres, le valió la prohibición de la Iglesia católica en 1688. Recién en 2004 el Estado chileno lo reconoció como deporte nacional, un giro tardío que impulsó la creación de más de 140 clubes a lo largo del país —el reconocimiento que el rodeo había recibido cuatro décadas antes.

Ese mismo patrón, un origen indígena que el reconocimiento oficial tardó siglos en nombrar, se repite en la rayuela. El pueblo mapuche practicaba un juego similar llamado "tecum", que consistía en lanzar piedras de colores hacia una línea marcada en el suelo; tras la conquista, y durante el período colonial, el juego derivó hacia la forma que hoy se conoce, con el tejo metálico y el cajón de arcilla como protagonistas. Su reconocimiento oficial llegó primero como actividad recreativa en 1948, bajo el gobierno de Gabriel González Videla, y recién se consolidó como deporte nacional en 2014, mediante la Ley 20.777, firmada por la entonces presidenta Michelle Bachelet. Cada 19 de julio se celebra el Día del Rayuelero —una fecha ligada más al calendario propio del deporte que a la independencia—, aunque eso no le ha impedido convertirse en protagonista habitual de las ramadas de septiembre, donde el sonido del tejo cayendo sobre la arcilla es tan reconocible como la cueca de fondo. Carga, además, con una historia social particular: durante décadas estuvo asociada a bares y restaurantes, lo que la vinculó popularmente al consumo de alcohol, algo que hoy las competencias organizadas prohíben expresamente. Hacia 2002 el deporte reunía cerca de 57 asociaciones locales, 510 clubes y unos 34 mil practicantes registrados entre las zonas centro y norte del país —una base más silenciosa que la del fútbol o el tenis, pero igual de arraigada.

El volantín cambia de continente el origen de la historia, pero no la lógica: llegó a Chile durante la Colonia, principalmente de la mano de misioneros benedictinos, y prendió con una fuerza tal que hacia 1795 las autoridades tuvieron que fijar penas de hasta seis días de cárcel para quienes causaran destrozos volándolos, porque los transeúntes eran alcanzados por tejas que se soltaban con las maniobras de los volantineros sobre los techos. Entre los aficionados de la época figuraba, según registran distintas crónicas, el propio Bernardo O'Higgins. Que hoy el cielo se llene de volantines justo en septiembre no es casualidad meteorológica solamente: la llegada de la primavera coincide con las Fiestas Patrias, y esa coincidencia terminó convirtiendo al volantín con los colores de la bandera en una de las postales más repetidas de la temporada.

Hay un tercer grupo de juegos que no comparte ese linaje de disputas históricas ni de reconocimientos oficiales tardíos: simplemente llegaron a la fonda porque ya estaban instalados en la infancia de generaciones de chilenos. El trompo tiene un origen lejanísimo en el tiempo y el espacio —hay peonzas de arcilla encontradas a orillas del Éufrates que se remontan al año 4000 a.C., y el objeto aparece mencionado tanto en textos del historiador romano Catón como en la Eneida de Virgilio—, pero en Chile fue, durante buena parte del siglo XX, un juego infantil de patio y calle, tanto que inspiró versos de más de un poeta chileno, como "Trompo de siete colores", hasta que, según registra la propia enciclopedia, su popularidad entre los niños se sostuvo hasta fines de los años ochenta y luego empezó a diluirse. Algo parecido ocurre con el emboque, ese palo de madera con una bocha perforada que hay que ensartar con un movimiento seco de muñeca: su historia se remonta a tiempos precolombinos en distintos puntos de América Latina, y en paralelo tuvo una vida propia en Europa, con grabados franceses del siglo XVII que muestran jugadores y una popularidad que se le atribuye incluso en la corte del rey Enrique III; en Chile es, sencillamente, un juego tradicional asentado desde hace generaciones, de esos que un abuelo le enseña a un nieto en una tarde de patio. La carrera de embolsados completa este trío sin necesitar ninguna genealogía: es un clásico transversal de las celebraciones populares chilenas, sin más historia oficial que la risa colectiva que provoca ver a un grupo de adultos saltando dentro de un saco de papas.

El rodeo nació del trabajo ganadero colonial, el palín y la rayuela son de origen indígena y anteriores a la Conquista, el volantín llegó con misioneros europeos y el trompo viene de la otra punta del mundo antiguo. Lo que los une no es el origen, entonces, sino el lugar al que todos terminaron llegando con el tiempo: la fonda de septiembre, ese espacio donde conviven sin jerarquía un jinete arrimando en la medialuna, un niño lanzando su volantín al viento y un grupo de amigos jugando a la rayuela junto a la parrilla. Entender de dónde viene cada uno no le resta magia a la fiesta, al contrario: la vuelve más honda. Detrás de cada juego hay un pedazo de la historia que Chile fue construyendo con lo indígena, lo colonial y lo popular, mezclado sin pedir permiso, hasta convertirse en la fiesta que se celebra cada 18 de septiembre.