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Miércoles, 23 de septiembre de 2026
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Ciencia, Salud y Medio Ambiente

Un estudio en San Antonio asocia el ejercicio en la mediana edad con menos deterioro cognitivo en la vejez, con matices por etnia

Una investigación revisada por pares en 402 personas de San Antonio, más de la mitad hispanas, encontró que la actividad física en la mediana edad se asocia con menor deterioro cognitivo en la vejez, aunque el factor protector difirió según el grupo étnico.

Foto: Wikimedia Commons (dominio público)

Moverse a los 50 o 60 años (caminar, bailar, hacer jardinería) podría marcar una diferencia medible en cómo funciona el cerebro décadas después. Eso es lo que sugiere un estudio de largo aliento de UT Health San Antonio, en Texas, publicado en Alzheimer's & Dementia: Behavior & Socioeconomics of Aging, una revista revisada por pares: la actividad física y el control de la glucosa en ayunas durante la mediana edad se asociaron con un deterioro cognitivo más lento en la vejez. La palabra clave es "asociaron": el estudio muestra una correlación, no prueba que el ejercicio por sí solo evite el Alzheimer u otra demencia.

El equipo, liderado por la investigadora Janette Vazquez y con Claudia Satizabal como coautora senior, siguió a 402 personas de San Antonio durante varias décadas. Los participantes venían del San Antonio Heart Study, iniciado en 1979, y luego pasaron a integrar el San Antonio Longitudinal Study of Aging (SALSA). Tenían en promedio 57.9 años al momento de medir su salud cardiovascular, y su cognición se evaluó hasta cuatro veces a lo largo del tiempo con el Mini-Examen del Estado Mental, una prueba estándar que mide memoria, atención y otras habilidades de pensamiento. Para estimar la salud cardiovascular en la mediana edad, los investigadores usaron el índice Life's Simple 7 de la Asociación Americana del Corazón, que combina hábitos (dieta, tabaquismo, actividad física) con indicadores clínicos como presión arterial, colesterol, peso y glucosa.

Un rasgo distintivo de la muestra es su composición: 52% de los participantes eran hispanos, en su mayoría de origen mexicoamericano, y el resto, blancos no hispanos. Ese diseño no fue casual. Los autores señalan que las poblaciones hispanas siguen subrepresentadas en la investigación sobre Alzheimer en Estados Unidos, pese a que enfrentan una carga desproporcionada de la enfermedad: según cifras que cita el propio estudio, cerca del 14% de los adultos hispanos mayores de 65 años vive con Alzheimer, frente a un 10% entre los blancos no hispanos de la misma edad. Para los propios investigadores, entender qué factores protegen específicamente a este grupo, y no solo extrapolar hallazgos obtenidos mayormente en poblaciones blancas, es una laguna que su trabajo busca empezar a llenar.

Ahí aparece el matiz más interesante del hallazgo: el factor protector no fue el mismo para todos. En el grupo hispano, fue la actividad física, prácticamente en cualquier nivel y sin necesidad de ejercicio intenso, la que se asoció con un declive cognitivo más lento. En el grupo de blancos no hispanos, en cambio, el factor que más se relacionó con mejor desempeño cognitivo posterior fue mantener la glucosa en ayunas dentro de rangos saludables. Los propios autores son cautos frente a esa diferencia: como los resultados variaron según el grupo étnico, dicen, hace falta investigación adicional con muestras más grandes para confirmar si esas diferencias se sostienen. También apuntan que evaluar la salud cardiovascular en un único momento, en vez de seguirla a lo largo de toda la vida adulta, es una limitación del diseño que estudios futuros podrían corregir.

Satizabal enmarca el hallazgo como una posibilidad, no como una certeza cerrada: mejorar la salud cardiovascular a través de cambios de estilo de vida modificables, dice, tiene el potencial de aliviar de forma significativa la carga de salud pública del Alzheimer y otras demencias, particularmente en poblaciones de alto riesgo. Es una hipótesis con respaldo observacional razonable, no una fórmula de prevención garantizada: el propio equipo reconoce que su estudio no puede establecer una relación de causa y efecto, y que antes de traducir estos resultados en recomendaciones de salud pública específicas por grupo étnico hace falta que otros equipos, con otras cohortes, repliquen el patrón.